7 sept. 2013

Teatro para la integración

En mi paso por la escuela San José Hijas de la Caridad, tuve la oportunidad de poner en práctica la integración a través del teatro. La experiencia, aparte de haber sido tan enriquecedora para mi, no hizo más que reafirmar ideas y conceptos que ya están tan comprobados pero que, por alguna extraña razón, siguen sin usarse tanto como se debiera.
Cuando algún niño tiene alguna problemática psicológica o física que le impide manejarse igual que los demás, muchas veces se lo suele llevar a lugares donde está con niños igual que él o con alguna problemática diferente, pero todos ahí juntos como para reafirmar que son distintos, que no pueden jugar ni desarrollarse como los demás, por su "problemita". ¿Qué logramos con esto? muy simple, que sus habilidades sociales estén cada vez menos desarrolladas, que la idea de formar parte de un grupo de niños "normales" (término absurdo, siendo que todos tenemos nuestros "problemitas") esté cada vez más lejos, y que la posibilidad de convertirse en adultos solitarios, resentidos en muchos casos, incapaces de relacionarse e incluso antisociales, esté cada vez más cerca.
En el teatro somos todos iguales porque todos somos seres emocionales, ahí tenemos que aprender a convivir con quién sea y llevar adelante entre todos un trabajo en común, porque el interés es que la obra salga bien y todos disfrutemos en el escenario.
En esta experiencia en particular, y como me suele gustar hacerlo, escribimos nosotros nuestra propia obra, eligiendo personajes, lugares y desarrollo. La historia que surgió fue la del "Dragón Aburrido" que tengo publicado en mi otro blog "Para leer con los niños" (aquí lo podéis ver: EL DRAGÓN ABURRIDO), donde el protagonista era un dragón que no quería asustar, sino que lo único que quería era ser amigo de los niños del pueblo. En el trabajo de la obra, clase a clase, cada uno tenía mucho que aportar, que aprender, no había distinción entre unos y otros (porque realmente no la hay) y el esfuerzo de todos los niños por hacerlo bien, por aprender el guión y superar las dificultades que iban surgiendo, fue una de las cosas más bonitas que me ha tocado vivir desde que trabajo con niños.
Si les damos la oportunidad a todos ellos de estar en un espacio de este tipo, con la contención necesaria por parte de un educador emocionalmente sano (y si, lo tengo que decir así de claro!), le estamos facilitando practicar su inserción social de una forma divertida y cuidada, demostrándole que nada le impide formar parte de un grupo de niños sin clasificación alguna: ¿Asperger? ¿Down? ¿Psicóticos? ¡No! NIÑOS sin más.
Muchas veces me he encontrado con madres o padres que me cuentan que su hijo no entró al grupo de baile del colegio, o al coro, o al de teatro, porque no hablan bien o porque no saben moverse o porque son muy inquietos, y yo me pregunto ¿No es en la etapa de la niñez, de la escuela, donde debemos aprender? ¿Entonces como es que un niño pequeño ya debe sentirse rechazado por no saber? Es imposible para mi asimilar estas ideas, no puedo encontrarles un lugar en el mundo educativo, no debería tenerlo. Nosotros: padres, educadores, monitores, somos los que debemos conseguir que cada niño tenga un lugar ahí donde quiera estar, y debemos darles las herramientas que necesiten para llevarlo a cabo y nunca jamás rechazarlo porque haya algo que aún no hace bien.
Desde que comencé con la idea de abrir mi propio espacio para las clases, tuve claro que volvería a armar un grupo de teatro y música PARA TODOS, sin discriminación, dándole la posibilidad de aprender y jugar a la vida a cualquier niño, por el solo hecho de ser niño, sin etiquetas, sin exigencias previas, sin tonterías.



Porque la vida es igual de difícil para todos, porque vivir en sociedad no es fácil para nadie y, principalmente, porque me llena de felicidad, es porque mis puertas estarán siempre abiertas para cualquiera.
Los niños no prejuzgan por sí mismos, no les enseñemos a hacerlo.

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